A Roberto con respeto y con amor.
Siempre me pregunté que podía tener en su cabeza (además de poco pelo) ese hombrecillo minúsculo, blanco como la leche y con cara de Lenin, para venir descaradamente a presentarse como catedrático siendo evidente, a todas vistas (valga pues la redundancia) que lo que tenía era mucha imaginación y cero erudición.
Era maravilloso contemplar cómo dabas sus clases. Mezclaba a Tíbulo con Graco, hacía competir a Belerofonte con Epaminondas, y más de una vez inventó alguna etimología casi tierna (algunos dimos por llamarlo el nuevo Isidoro).
Llegaba sin un libro, ni un apunte, ni una nota. Sólo él, con sus tenis dorados y su camisa de seda, comenzaba a contarnos las maravillosas aventuras de los Etruscos que cruzaron el Éverest, nos hablaba de su capitán Ben Hur, y después de que la película Troya de Brad Pitt salió en cartelera, nos contaba consternado y muy preocupado cómo Agamenón murió a manos de Aquiles (entonces dimos por llamarlo el hollywoodense).
Sin embargo, sus alumnos no se inmutaban y con cuidado infinito apuntaban cada una de las barbaridades contadas por nuestro personaje. Porque, eso sí: llegó a ser minucioso hasta la exageración.
Conocimos, pues, que las crines de Bucéfalo fueron trenzadas amorosamente por Olimpia, pero bajo un perverso hechizo que las transformaba en la noche en serpientes venenosas. Luego, después de que algún despistado preguntó sobre el chisme ese que cuenta Plutarco de que la progenitora del Magno era una simple bruja, y de las escandalosas relaciones entre él y Bucéfalo, nos explicó –para tranquilizar nuestras conciencias- que parte del hechizo tenía que ver con estrictas preocupaciones morales y políticas: como Olimpia estaba sumamente preocupada de que Alejandrito no fuera a mezclarse con alguna bárbara persa, decidió darle un ungüento maravilloso al amo para que lo untara en las crines de la bestia a fin de que, cada noche de luna nueva, de ocho a doce de la noche, se transformara en maravillosa mujer. Pero ante la impertinente pregunta de entonces por qué finalmente se casó con una persa, y no sólo eso, sino que obligó a todo el ejército a hacerlo; antes de entrar en detalles de política internacional, el teacher explicó que la magia no había funcionado bien.
Teóricamente la mujer que debía aparecer sobre el sustrato de Bucéfalo debía ser la esposa misma de Alejandro. Pero justo antes de salir de Macedonia hacia Siria, Alejandro descubrió las incestuosas intenciones de la fórmula aquella, así que decidió simplemente dejar de montar a Bucéfalo: aquella experiencia había resultado demasiado para el Emperador del mundo. Aristóteles, muy preocupado de perder sus buenas influencias en Atenas, corrió a buscar ayuda, y finalmente consiguió a alguna hechicera perdida que transformara el hechizo. De este modo, la bestia se transformaría en otra mujer. Pero para el horror de Alejandro, la hechicera era medio maleta, y lo único que consiguió fue la efigie de Aristóteles.
Ahí no le dio tanto asquito al magnánimo. Sin embargo era insoportable tratar de copular con un alma intelectiva que sólo ponía atención en recabar nuevos especimenes de tierras lejanas y en contemplar al motor inmóvil (de hecho Alejandro supuso que aquello había sido con toda la mala intención del Estagirita).
Así, al llegar a Persia, botó a Bucéfalo y tomó mujer.
Sin embargo, con el corazón de una bestia, a la vez bruja y filósofo, no se juega; y con el corazón de una bruja despechada y la capacidad judicativa de la mente más potente de la historia creó la más negra treta jamás imaginada...
Siempre me pregunté que podía tener en su cabeza (además de poco pelo) ese hombrecillo minúsculo, blanco como la leche y con cara de Lenin, para venir descaradamente a presentarse como catedrático siendo evidente, a todas vistas (valga pues la redundancia) que lo que tenía era mucha imaginación y cero erudición.
Era maravilloso contemplar cómo dabas sus clases. Mezclaba a Tíbulo con Graco, hacía competir a Belerofonte con Epaminondas, y más de una vez inventó alguna etimología casi tierna (algunos dimos por llamarlo el nuevo Isidoro).
Llegaba sin un libro, ni un apunte, ni una nota. Sólo él, con sus tenis dorados y su camisa de seda, comenzaba a contarnos las maravillosas aventuras de los Etruscos que cruzaron el Éverest, nos hablaba de su capitán Ben Hur, y después de que la película Troya de Brad Pitt salió en cartelera, nos contaba consternado y muy preocupado cómo Agamenón murió a manos de Aquiles (entonces dimos por llamarlo el hollywoodense).
Sin embargo, sus alumnos no se inmutaban y con cuidado infinito apuntaban cada una de las barbaridades contadas por nuestro personaje. Porque, eso sí: llegó a ser minucioso hasta la exageración.
Conocimos, pues, que las crines de Bucéfalo fueron trenzadas amorosamente por Olimpia, pero bajo un perverso hechizo que las transformaba en la noche en serpientes venenosas. Luego, después de que algún despistado preguntó sobre el chisme ese que cuenta Plutarco de que la progenitora del Magno era una simple bruja, y de las escandalosas relaciones entre él y Bucéfalo, nos explicó –para tranquilizar nuestras conciencias- que parte del hechizo tenía que ver con estrictas preocupaciones morales y políticas: como Olimpia estaba sumamente preocupada de que Alejandrito no fuera a mezclarse con alguna bárbara persa, decidió darle un ungüento maravilloso al amo para que lo untara en las crines de la bestia a fin de que, cada noche de luna nueva, de ocho a doce de la noche, se transformara en maravillosa mujer. Pero ante la impertinente pregunta de entonces por qué finalmente se casó con una persa, y no sólo eso, sino que obligó a todo el ejército a hacerlo; antes de entrar en detalles de política internacional, el teacher explicó que la magia no había funcionado bien.
Teóricamente la mujer que debía aparecer sobre el sustrato de Bucéfalo debía ser la esposa misma de Alejandro. Pero justo antes de salir de Macedonia hacia Siria, Alejandro descubrió las incestuosas intenciones de la fórmula aquella, así que decidió simplemente dejar de montar a Bucéfalo: aquella experiencia había resultado demasiado para el Emperador del mundo. Aristóteles, muy preocupado de perder sus buenas influencias en Atenas, corrió a buscar ayuda, y finalmente consiguió a alguna hechicera perdida que transformara el hechizo. De este modo, la bestia se transformaría en otra mujer. Pero para el horror de Alejandro, la hechicera era medio maleta, y lo único que consiguió fue la efigie de Aristóteles.
Ahí no le dio tanto asquito al magnánimo. Sin embargo era insoportable tratar de copular con un alma intelectiva que sólo ponía atención en recabar nuevos especimenes de tierras lejanas y en contemplar al motor inmóvil (de hecho Alejandro supuso que aquello había sido con toda la mala intención del Estagirita).
Así, al llegar a Persia, botó a Bucéfalo y tomó mujer.
Sin embargo, con el corazón de una bestia, a la vez bruja y filósofo, no se juega; y con el corazón de una bruja despechada y la capacidad judicativa de la mente más potente de la historia creó la más negra treta jamás imaginada...
Sin embargo, antes de que llegara el momento de oír tamaña invención, algún maldito chismoso fue y se quejó a la coordinación de que por culpa del teacher había tronado como ejote un examen extraordinario de literatura griega II. Así que se nos fue el teacher, y ya jamás supimos cual fue el papel de Bucéfalo en el desmembramiento y caída del imperio macedónico la muerte de Polictetes y el asesinato de Darío... y para colmo, nuestro amado teacher fue sustituido por una vieja fea que dictaba en clase aburridísmo libro.
(Algunos viperinos cuentan que el día que nos iba a contar la tan anhelada historia, un par de rusos grandotes llegaron y se lo llevaron. Para más aclaraciones, nos informaron que antes de salir de la facultad, maravillosamente un corcel enorme y blanco salió galopando por el Circuito Interior).
